miércoles, 7 de octubre de 2026

VERANO EN ANFALAS 2: RELATO FINAL

En los años postreros de la Tercera Edad, cuando la paz de los Pueblos Libres era ya semejante a una copa llena hasta el borde, hubo muchos que no advirtieron la mano que la inclinaba.

En aquellos días todavía no se había alzado abiertamente el poder de Mordor. Los heraldos de Sauron no habían cruzado aún las fronteras con grandes ejércitos ni los cuernos de guerra habían resonado en Minas Tirith. En Rohan se celebraban todavía consejos en las salas del Meduseld y en los bosques de Lórien las hojas doradas caían sobre senderos donde rara vez pisaba el enemigo. Pero la paz se había vuelto frágil.

En el norte, los caminos eran menos seguros y en las montañas los montaraces comenzaban a descubrir huellas que no podían atribuirse a simples partidas de bandidos. Incluso desde Mordor llegaban rumores de movimientos nocturnos.

Los sabios comprendían que algo estaba cambiando aunque ninguno conocía todavía su forma. Fue entonces cuando las primeras compañías de orcos salieron de las tierras oscuras.

Surgieron de las tierras sombrías y descendieron hacia los pasos de Hithaeglir. No eran muchos, pero tenían huargos y llevaban consigo una plan que no era habitual entre aquellas criaturas. Saquearon aldeas, atacaron caravanas y desaparecieron antes de que pudiera alcanzarlos ningún ejército.

Los elfos de los bosques septentrionales fueron los primeros en comprender que aquello no era mero bandolerismo. Desde las fortalezas de los enanos llegaron también mensajeros, pues las rutas de las montañas comenzaban a quedar cerradas. Elfos y enanos, enemigos en antiguas disputas pero aliados ante un peligro común, enviaron guerreros a los pasos de Hithaeglir.

Durante tres días siguieron huellas falsas. Al cuarto, los orcos atacaron.

Habían elegido un desfiladero estrecho, donde las paredes de roca se elevaban a ambos lados como murallas. Primero arrojaron piedras desde las alturas. Después llegaron las flechas. Finalmente, de las grietas ocultas en la montaña surgieron cientos de figuras. Los elfos intentaron formar una línea, pero el terreno los traicionó. Los enanos, encerrados entre sus propios camaradas y la pared de piedra, apenas pudieron levantar sus escudos.

La batalla terminó antes del anochecer y los supervivientes huyeron hacia el oeste.

Aquella noche ardieron hogueras orcas sobre la montaña y en torno a ellas se escucharon cantos brutales pero nadie comprendió todavía el propósito de aquella victoria. No era la conquista lo que buscaban los orcos sino provocar una respuesta.


Cuando llegaron las primeras noticias de la derrota, los orcos ya habían cruzado hacia las tierras próximas a las Montañas de Hierro.

Allí quemaron granjas y almacenes. No tomaron las riquezas que podían haber tomado, ni hicieron prisioneros más de lo necesario. Quemaban para ser vistos. Los enanos contemplaron desde sus puertas las columnas de humo que se elevaban sobre los campos.

El orgullo de los hijos de Durin es una piedra difícil de mover y no quisieron escuchar a quienes aconsejaron esperar. Los capitanes enanos abrieron las puertas y salieron con hachas, lanzas y escudos, descendiendo desde sus fortalezas para presentar batalla en campo abierto.

Entonces sonaron unos aullidos y de las colinas surgieron los jinetes de huargo con un enorme troll. Allí donde los guerreros enanos formaban una muralla para detener al enorme monstruo, los huargos atacaban por los flancos. Allí donde los enanos perseguían a los orcos, los jinetes volvían sobre ellos.

Al caer la tarde, el ejército enano se había retirado. Las granjas seguían ardiendo. Y en las fortalezas, los ancianos comenzaron a hablar de una guerra que quizá estuviese llegando antes de tiempo.


Más al oeste, en Isengard, otro hombre había observado señales que no podían ser confundidas con simples incursiones. Era Saruman el Blanco. Llevaba largo tiempo estudiando antiguos mapas y manuscritos. Había descubierto referencias a una caverna escondida en las montañas, un lugar olvidado desde los días de la Segunda Edad. En ella, según decían los textos, habían sido guardados objetos cuyo origen se remontaba a aquellos tiempos.

Que nadie supiera con certeza qué eran alimentaba la obsesión de Saruman. Entonces ocurrió el eclipse y el sol desapareció en pleno día.

Durante unos instantes, la tierra quedó cubierta por una oscuridad extraña. Los pájaros callaron. Los animales huyeron. Y sobre la torre de Orthanc, Saruman contempló el cielo con una expresión que nadie de los que estaban junto a él olvidaría.

Interpretó aquel signo como una llamada. Aquella misma noche, las huestes de Isengard abandonaron isla ciudad.

El movimiento de Saruman no pasó inadvertido. Desde Rohan llegaron jinetes enviados por Théoden, Rey de la Marca. Y desde los bosques dorados acudieron guerreros Galadhrim, pues también Galadriel había percibido que algo se agitaba bajo la superficie de aquellos acontecimientos.

Ambos ejércitos chocaron ante las montañas y allí tuvo lugar una batalla terrible.

Los uruk-hai combatieron con una disciplina que incluso desconcertó a los elfos. Muchos cayeron bajo los arcos de los Galadhrim y las espadas de los Rohirrim. Théoden condujo a sus hombres una y otra vez contra las filas enemigas, mientras los guerreros élficos cubrían los flancos.

Parecía que Saruman sería obligado a retroceder pero el mago blanco había venido para cumplir sus objetivos. Derrotó a sus enemigos a costa de sacrificar a sus soldados. Alcanzó los objetos que habían permanecido ocultos durante siglos y volvió a Isengard con ellos sin que nadie supiera qué había encontrado.


Mientras tanto, desde las alturas de Mordor descendió otra partida. Shagrat y Gorbag, capitanes de Cirith Ungol, habían recibido noticias de los movimientos de los orcos del norte. No confiaban en Saruman, ni Saruman confiaba en ellos pero la codicia podía unir durante un tiempo a enemigos que de otro modo se habrían matado.

Los orcos de Cirith Ungol atacaron depósitos enanos abandonados y robaron tesoros que habían sido ocultados durante la retirada: Oro, piedras preciosas, antiguas armas e incluso objetos cuyo valor (y función) desconocían. 

Después emprendieron el camino hacia las montañas, donde esperaban reunirse con los jinetes de huargo.

Llegaron al caer la noche. Las dos fuerzas se contemplaron desde lados opuestos de un valle. Nadie confió en nadie ante un botín demasiado abundante. Así comenzó la perdición de ambos.


Al principio fingieron amistad. Los uruks de Cirith Ungol hablaban de reunir juntos el tesoro y los jinetes de huargo respondían con gruñidos mientras cada grupo guardaba para sí una parte del botín.

Pero pronto desapareció una joya. Luego un cofre. Después una espada. Cada bando acusó al otro. Los insultos se convirtieron en amenazas y las amenazas, finalmente, en sangre.

Los huargos atacaron primero y su velocidad decidió la batalla cuando escaparon con el premio. 


Shagrat consiguió formar con los supervivientes y retirarse. En sus planes nunca renunció al tesoro por eso al día siguiente regresó y volvieron a combatir.

Esta vez los de Cirith Ungol estaban preparados. Formaron hombro con hombro y cargaron. Los jinetes de huargos, sabedores de su inferioridad, se dispersaron perdiendo a algunos guerreros. Se reorganizaron y acosaron a los uruk hai mientras ponían a salvo el botín. 

Shagrat, herido y furioso, reunió a los supervivientes.

—A Mordor —ordenó.

Nadie discutió. Regresaron hacia Cirith Ungol amparados por la oscuridad, llevando consigo unas exiguas ganancias.

Los huargos, quienes ya tenían suficiente, no los persiguieron. En su codicia no comprendieron que la victoria había sido también una derrota porque mientras ellos luchaban entre sí, los Pueblos Libres habían tenido tiempo para reunirse.


Ni Théoden ni Galadriel habían olvidado. Cuando llegaron noticias de la lucha entre los orcos, el rey comprendió que aquella podía ser la única ocasión de recuperar lo robado y quebrar las fuerzas que habían sembrado el terror desde Hithaeglir hasta las Montañas de Hierro.

Los Rohirrim marcharon y elfos marcharon con ellos. Dos días siguieron las huellas de los huargos hasta que en el amanecer del tercer día los encontraron.

Los Galadhrim cerraron el paso entre los árboles coordinados con los Rohirrim que marcharon junto a la ladera con los venablos en alto.

Los orcos quedaron atrapados y durante un momento, todo parecía perdido para ellos. Orcos y huargos eran criaturas malvadas que no necesitaban vencer. Solo necesitaban escapar.

Los jinetes de huargo y los orcos que los seguían a pie cargaron sobre las posiciones del Rey Théoden hasta abrumarlo y abrir una brecha. Antes que los elfos pudieran cerrarla los grupos de enemigos fueron atravesando el cerco.

Y cuando cayó la tarde, los últimos jinetes de huargo dejaron atrás a sus caídos y huyeron llevando consigo el tesoro.


Théoden contempló el paso plagado de cadáveres por donde habían huido los orcos mientras a su lado Gamelin se lamentaba:

—Hemos vencido en el campo de batalla, mi señor, pero no en la guerra.

El rey no respondió. Observaba como sobre las montañas comenzaba a levantarse una oscuridad que no procedía de la noche. Más allá de ellas estaba Mordor y más al oeste se encontraba Isengard donde Saruman estudiaba los objetos que había robado.

En los bosques de Lothlórien, los más antiguos entre los elfos hablaron de un presagio. Decían que las sombras que habían aparecido primero como pequeñas manchas sobre la tierra acabarían cubriendo grandes reinos. Decían que los tesoros robados traerían muerte a quienes los poseyeran. Y decían también que el eclipse no había sido una señal del triunfo de la oscuridad, sino el anuncio de un tiempo en que la luz sería puesta a prueba.

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